Un nuevo mundo literario
El escritor y cineasta Rodrigo Cortés, conocido por su habilidad para crear atmósferas inquietantes, presenta su última obra, Hija del cielo, una novela que invita a los lectores a explorar el enigmático pueblo de Gabaón. Este lugar ficticio, que evoca la esencia de obras clásicas como Pedro Páramo, se convierte en el escenario de una narrativa rica en simbolismo y dualidad.
Hija del cielo se caracteriza por su estructura bífida, donde la historia se cuenta desde dos perspectivas: la del narrador y la de una niña que irrumpe en capítulos alternos. Esta elección estilística no solo desafía las convenciones narrativas, sino que también refleja las complejidades de la condición humana. Cortés describe a esta niña como un ser ambiguo, cuya naturaleza oscila entre lo divino y lo demoníaco.
En una reciente entrevista, Cortés reveló que Kafka es una influencia fundamental en su vida. La forma en que el autor checo aborda el absurdo resuena profundamente con el enfoque creativo del salmantino. «No me siento a ser kafkiano», aclara Cortés, pero reconoce cómo esa sombra ha moldeado su percepción del mundo literario.
Cortés enfatiza la importancia de la libertad creativa al escribir. Para él, permitir que las imágenes fluyan sin restricciones racionales es esencial para dar vida a sus personajes. «Procuro que los personajes se expresen con libertad», afirma. Esta filosofía se traduce en un relato donde cada personaje tiene voz propia y puede sorprender tanto al autor como al lector.
A medida que los lectores se adentran en Gabaón, descubren un entorno lleno de matices. Desde monjas con velos inconsútiles hasta figuras paternas intrigantes como el padre Alén, cada elemento contribuye a crear un paisaje literario único. Sin embargo, Cortés advierte sobre la dificultad de encontrar este lugar: «Gabaón tiene que decidir si te da acceso».
Cortés también reflexiona sobre los límites entre ficción y realidad. Aunque busca alcanzar formas de verdad a través de sus escritos, reconoce que la realidad es contingente y está regida por sus propias reglas. En este sentido, su escritura no pretende ser una representación literal del mundo exterior; más bien busca explorar las verdades internas de sus personajes.
A través de imágenes evocadoras como el lago oculto bajo el monasterio o la figura inquietante de la niña protagonista, Cortés juega con conceptos opuestos para enriquecer su narrativa. La portada del libro refleja esta ambivalencia: una niña atrapada entre luz y sombra simboliza tanto inocencia como perturbación.
A medida que los lectores navegan por las páginas de Hija del cielo, son invitados a cuestionar no solo las decisiones creativas del autor sino también sus propias percepciones sobre libertad y realidad. En palabras de Cortés: «La literatura vive más allá de las fronteras»; un recordatorio poderoso sobre el potencial transformador del arte narrativo.


