Un encuentro memorable en Roma
Como suele suceder con los verdaderos maestros, Valentino siempre sorprende, tanto por su talento como por su calidez personal. Tuve la oportunidad de conocerlo en Roma, en el Palazzo Mignanelli, junto a su socio y ex pareja, Giancarlo Giannetti. Desde el primer instante, Valentino demostró su personalidad expansiva, generosidad y cercanía con el periodista que tenía frente a él.
Era un gran anfitrión, al estilo italiano, similar a su compatriota Giorgio Armani, quien falleció el verano pasado. Fue una experiencia inolvidable recorrer el palacio y disfrutar de su atelier y las salas donde patronistas y costureras trabajaban con dedicación y esmero, algo que Valentino les inculcó durante décadas.
El palacio, que desde 2016 también alberga la Fundación Valentino Garavani y Giancarlo Giannetti, es un magnífico edificio renacentista frente a la embajada de España, muy cerca de la emblemática plaza de España. Este imponente lugar fue donde Valentino desarrolló gran parte de su obra, cuidando cada vestido de alta costura como si fueran auténticas obras de arte.
A diferencia de otros grandes diseñadores que se destacan por su experimentación o irreverencia, Valentino brilla por su sofisticación atemporal, mostrando esa elegancia italiana que respeta lo antiguo desde una perspectiva contemporánea.
La obra de Valentino representa un culto renacentista a las proporciones clásicas, al equilibrio en las formas y al dominio del cuerpo humano. Su búsqueda constante era representar la belleza idealizada sin perder el realismo.
Era meticuloso y exigente; al día siguiente de mi visita a su estudio fui a comer a un restaurante recomendado por él: Dal Bolognese. En mis posteriores visitas a Roma he repetido ese itinerario gastronómico en la terraza de la piazza del Popolo. Mientras disfrutaba los sabores auténticos y sencillos de la cocina italiana, recordaba la pasión y dedicación de Valentino hacia la vida y su obra, reflejada en ese rojo intenso que vistió a tantas mujeres.


