La riqueza de los planes no realizados

Reflexiones sobre los planes soñados y las promesas incumplidas.

enero 25, 2026

Marc VIllanueva

Un día cualquiera

Era un día de octubre cuando salí del médico y decidí tomar un café. Aunque no parecía relevante, el cielo estaba inusualmente gris. Mi hija pasaría unas horas en la guardería, lo que me dejaba tiempo para trabajar, o más bien, para escribir. Tenía que comenzar una novela, pero nadie nos enseña a dar ese primer paso, ya que parece que nadie sabe realmente cuándo y dónde comienza una historia.

Me senté con mi café —que pedí casi por costumbre— y recibí un mensaje de una amiga querida que vive lejos. «Laura —me dijo—, acabo de imaginar que somos dos amigas que durante años se han escrito todos los planes que les gustaría hacer juntas. Y cuando nuestras hijas ya no nos necesitan, comenzamos a realizarlos. Hoy me encantaría ir a comer marisco contigo a San Pol, mojarnos los pies y decir ‘anda, qué fría está el agua’. Ese sería nuestro primer plan».

Me hizo reír su ocurrencia. Le respondí que la playa no era una opción debido al mal tiempo, pero le envié un pantallazo de un vuelo a Londres que partía en dos horas y media. Escribí: «Somos ricas, vayámonos a Londres». Y así lo hicimos; ese fue nuestro primer viaje.

Poco después, la recogí para colarnos en el desayuno de un hotel elegante, como si fuéramos huéspedes allí. En otra ocasión, tomamos un día libre para escribir nuestro primer guion juntas en un parque soleado y hasta asistimos al estreno de aquella obra de teatro que tanto le emocionaba. Era en Broadway.

Aunque ella vive en Lima y yo en Barcelona, ambas con niños pequeños, durante ese año —en el cual no nos vimos— abrí un documento titulado Somos ricas. Allí anoté todos los planes que probablemente nunca llevaríamos a cabo.

Al principio pensé que era solo una agenda sentimental llena de diversión, pero pronto comprendí que era algo más profundo: un cuaderno vacío llenándose sin completarse, donde lo no vivido se anclaba como promesa. Y nada sostiene más fuerte que la promesa.

A raíz de esto, recordé la historia de la escritora Terry Tempest Williams. Antes de fallecer, su madre le dejó unos diarios con la condición de no abrirlos hasta su muerte. Williams esperó con la esperanza de encontrar algo significativo entre esas páginas; sin embargo,al abrirlos descubrió que estaban vacíos. Ni una frase ni una palabra.

Preguntándose por el significado del legado materno durante mucho tiempo, yo también reflexioné sobre ello hasta entender frente a mi propio documento: a veces lo no escrito es lo que mejor nos define. No porque esconda secretos sino porque preserva intacta la posibilidad. El cuaderno vacío de su madre representaba un territorio abierto hacia lo no dicho.

A través del cúmulo de posibilidades improbables encontré un orden oculto. Cada plan no realizado funcionaba como una pequeña afirmación sobre nuestra identidad: seguimos siendo quienes imaginamos ser. Así este documento se transformó en una especie de álbum familiar.

No había fotos tomadas pero podía visualizarlas: comiendo marisco en San Pol bajo cielos inciertos; escribiendo en un banco estrecho en el parque; conversando en Nueva York sobre por qué la obra resultó ser (como yo había anticipado) aburrida.Todo estaba ahí, escrito sin haber ocurrido realmente. Y aun así era verdad.

No sé si algún día realizaremos esos planes; sospecho que quizás nunca suceda. Pero ese cuaderno lleno de imposibles me recordó algo importante: también somos aquello que dejamos sin hacer. En ese espacio incierto lleno de días grises y vuelos perdidos se escribe otra mitad nuestra historia.

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Marc VIllanueva

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Especializado en crónica social y televisión, siempre atento a las historias que se mueven entre bambalinas. Disfruto analizando cómo se construye la imagen pública de los famosos y qué hay realmente detrás.

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