Un viaje inesperado
Viajo de incógnito, confundida con otra persona en un vuelo de ocho horas a Nueva York. Al embarcar, debido a que tengo un billete sin reserva por el trabajo de un familiar en la aerolínea, los empleados asumieron que soy parte del personal. Con tanta seguridad lo afirmaron que decidí no corregirles; pensé que podría aclararlo más tarde.
Casi a mitad del vuelo, disfrutando de un cóctel de champán y un asiento privilegiado —algo que nunca podría costear—, me pregunto quién soy para desmentir esta situación. Lo único cierto es que voy a ver a una amiga.
A veces, como ahora, fantaseo con otras vidas. Los malentendidos ajenos me permiten explorar esas posibilidades efímeras que desaparecen al pensarlas. Cuando el sobrecargo se acerca y menciona lo bien que sientan unos días libres, respondo con banalidades: estoy agotada. El agotamiento parece ser el hilo conductor de nuestro tiempo; todos estamos cansados sin saber exactamente por qué.
Para evitar ser descubierta, me pongo el antifaz y finjo dormir. Mientras el avión surca el Atlántico, me cuestiono quién sería si realmente trabajara para la aerolínea. Tal vez seguiría siendo la misma persona pero con habilidades más prácticas que las atribuidas a una escritora. Podría contar otras historias, reflexiono. Pero recuerdo las palabras de Elizabeth Strout en ‘Me llamo Lucy Barton’: «Nunca te preocupes por la historia. Solo tienes una».
Al leer esa novela hace años, interpreté erróneamente que se refería a la repetición entre escritores. Ahora comprendo que no se trata de rendirse sino de aceptar que siempre emergen los mismos temas bajo diferentes disfraces.
Todos tenemos un tema al cual regresamos repetidamente porque está ligado a las preguntas fundamentales que nos hacemos. Estas preguntas nunca se responden completamente porque escribir es intentar acercarse al núcleo central, aun sabiendo que este es solo una idea en movimiento.
Atravieso el Atlántico con una identidad prestada. Pronto sobrevolaremos San Pedro y Miquelón; ahí habita esa otra persona que tampoco seré. Todos somos impostores en cierta medida: interpretamos roles según lo esperado o demandado por las circunstancias.
Cada diciembre escribo mis buenos propósitos para el nuevo año; como las mangas bajo un disfraz, siempre aparecen los mismos deseos. Me hacen sonreír los del año anterior porque nunca los cumplo. Quizás porque, esencialmente,los propósitos son disfraces: una forma de expresar mi deseo por tener otra historia.
Cuando aterrice en JFK intentaré mantenerme en generalidades, temiendo ser descubierta como impostora. Nunca he sido azafata de vuelo pero me encantaría serlo, para disfrutar del tiempo suspendido en el aire donde creo sucede todo lo bueno.
A lo largo del vuelo he habitado ese espacio ambiguo entre lo que soy y lo que podría haber sido. Quizás eso sea lo único que hacemos quienes escribimos: ensayar vidas paralelas, formular deseos para el nuevo año y probar identidades ajenas mientras viajamos incognitos hacia nosotros mismos para encontrarnos nuevamente en el camino.


