La llegada de septiembre y su impacto psicológico
Con el final del verano, muchos sienten que es el momento ideal para reiniciar sus rutinas. Aunque el Dr. Javier Quintero, psiquiatra y autor del libro «¿Cómo estás? Un viaje de 21 días para encontrar tu mejor versión», aclara que el cerebro no reconoce el calendario, sí percibe cambios en nuestro entorno que pueden influir en nuestra conducta.
Septiembre se asemeja a enero en términos psicológicos; es un mes que nos brinda la oportunidad de reflexionar sobre nuestras vidas y establecer nuevos objetivos. Sin embargo, el Dr. Quintero advierte sobre los peligros de asumir demasiados propósitos al mismo tiempo, como perder peso, hacer ejercicio regularmente o aprender un nuevo idioma. La clave está en enfocarse en cambios pequeños y sostenibles.
La formación de hábitos no depende únicamente de la fuerza de voluntad. Según el Dr. Quintero, la corteza prefrontal, responsable de planificar y tomar decisiones, juega un papel crucial al ayudarnos a elegir comportamientos más beneficiosos a largo plazo, incluso cuando son menos atractivos inicialmente.
No obstante, esta parte del cerebro tiene sus limitaciones. Cuando estamos bajo estrés o cansancio, nuestra capacidad para mantener estos nuevos hábitos puede verse comprometida. Esto explica por qué muchas personas abandonan sus resoluciones poco después de haberlas establecido.
Los ganglios basales, otra parte importante del cerebro, facilitan la automatización de conductas a través de la repetición. A medida que realizamos una acción con regularidad, nuestro cerebro comienza a asociar señales específicas con respuestas automáticas.
A su vez, la dopamina, conocida como el neurotransmisor del placer, también está involucrada en este proceso. No solo se relaciona con sensaciones placenteras; también actúa como un motivador al señalar conductas que merecen ser repetidas debido a los resultados positivos obtenidos.
A menudo se dice que se necesitan 21 días para formar un hábito; sin embargo, el Dr. Quintero desmitifica esta creencia al afirmar que no existe un número mágico universalmente aplicable. Cada comportamiento requiere diferentes tiempos para establecerse dependiendo del individuo y las circunstancias específicas.
Para asegurar que los cambios iniciados en septiembre perduren hasta diciembre y más allá, es recomendable comenzar con acciones concretas y medibles. Por ejemplo, sustituir una meta amplia como “cuidarme más” por algo específico como “caminar veinte minutos después de comer” puede resultar mucho más efectivo.
Además, asociar nuevas conductas con actividades ya establecidas e introducir pequeñas recompensas puede facilitar este proceso transformador. El Dr. Quintero concluye enfatizando que no hay necesidad de esperar a septiembre o al inicio del año para realizar cambios significativos; cualquier momento es adecuado para dar ese primer paso hacia una vida mejor.


