Un viaje que cambió vidas
María Galán, una joven madrileña de 26 años, ha transformado su vida y la de miles de niños en Uganda a través de su trabajo con la ONG Babies Uganda. Desde que se unió a esta organización hace cinco años, ha sido testigo del poder que las redes sociales, especialmente Instagram, tienen para conectar a personas solidarias con causas necesitadas.
La historia de María comienza en Madrid, donde creció rodeada de valores humanitarios gracias a su madre, Montserrat Martínez. Fue su madre quien fundó Babies Uganda tras descubrir un orfanato en peligro de cierre durante uno de sus viajes. Aunque María no planeaba dedicarse al trabajo social, su primer viaje a Uganda a los 18 años marcó el inicio de una nueva etapa en su vida.
A medida que las redes sociales ganaban popularidad, María se dio cuenta del potencial que tenían para atraer padrinos y donaciones. «El boom de Instagram ha multiplicado los padrinos», afirma con entusiasmo. Gracias a esta plataforma, han podido expandir sus proyectos y ayudar a más personas. Actualmente, más de 10.000 beneficiarios reciben asistencia educativa y sanitaria gracias al esfuerzo colectivo.
María vive actualmente en Kikaya con 32 niños, muchos de los cuales tienen discapacidades. Su hogar no es solo un refugio; es una verdadera familia donde cada niño tiene un lugar especial. «No somos una institución; somos una familia», enfatiza María mientras comparte anécdotas sobre sus pequeños.
A pesar del éxito logrado hasta ahora, María enfrenta retos significativos. Uno de ellos es la atención a niños con discapacidad en un país donde muchas veces son marginados. «En Uganda no hay oportunidades para estos niños», explica. Sin embargo, ella está decidida a cambiar esa narrativa mediante la educación y el apoyo emocional tanto para los niños como para sus familias.
A lo largo de su experiencia, María ha desarrollado una visión crítica sobre el voluntariado tradicional. Reconoce que aunque puede ser útil al principio para generar confianza y visibilidad, es fundamental contar con personal local capacitado para asegurar la continuidad y efectividad del proyecto.
A pesar del desgaste emocional que implica vivir en un entorno tan desafiante como el ugandés, María no tiene planes inmediatos de regresar a España permanentemente. «Mi vida está aquí», afirma con convicción mientras mira hacia el horizonte lleno de esperanza por lo que aún queda por hacer.


